Durante los últimos meses, mi trabajo se ha concentrado en ampliar horizontes formales y representativos de mi obra con respecto a lugares en donde transito o habito. De esta manera, he podido reencontrarme con materiales, formas, herramientas y texturas que de alguna manera han estado intrínsecas en mi vida o han formado parte de ella desde que tengo memoria. 

Por una parte se encuentra la inserción de un nuevo material en mi obra, el concreto, que es un elemento que presume cierta inmortalidad o que se concibe como un elemento resistente al tiempo, y que reta la fuerza natural del ser humano. En Latinoamérica ha sido siempre asociado a la idea de “modernidad” y progreso. Este elemento se contempla e idealiza como protector y fijador de ideas, fluyendo líquido y transformándose en piedra, una piedra falsa que ha ayudado a estructurar fantásticas ficciones y espacios que denotan poder. Los pigmentos y tierras transferidas sobre el concreto detallan apuntes gráficos y pictóricos de mi transitar, entre mi nuevo hogar en Tepoztlán y mi pueblo de origen que es San Simón el Alto. Estos dos lugares fueron absorbiendo la idea institucional de progreso de manera similar.

El concreto lo uso para transferir reflejos de pinturas, esto lo logro mediante un proceso que descubrí experimentando con los materiales. Consiste en generar un dibujo matriz sobre un soporte (madera) que luego se transfiere a un vaciado de concreto, que al fraguar captura los pigmentos y texturas de la matriz. Es como un fresco pictóricamente hablando y un monotipo gráfico a la vez. 

Desde un principio pude notar que la transferencia era un reflejo exacto del primer dibujo, pero éste carecía de nitidez que durante el tiempo de fraguado había adquirido nuevas cualidades y texturas. Esto generó el nacimiento de una imagen que se había construido sola mediante las cualidades y reacciones de los materiales, algo en lo cual ya no pude interferir y que metafóricamente hablando es como un espejo que acelera y captura el tiempo. 

El pasado prehispánico y la construcción de una historia personal a partir de la modernidad han sido una parte esencial en la estructura de estas pinturas. Por una parte, se encuentra la esencia endémica de la flora y fauna de mi lugar de origen mezclada con glifos ficticios que remiten al arte tequitqui. Por otro lado, abordo el cuestionamiento de la imagen iconográfica institucional, incrustada de manera deliberada en los estratos sociales más bajos, generando una idealización del progreso. Cuestiono las acciones del poder que de diferentes formas imponen sus estrategias para cambiar geografías y apropiárselas. Estas piezas rememoran espacios alterados e idealizados, desde una lengua bífida de piedra que servía como alfombra de bienvenida en un centro ceremonial de mi pueblo, hasta elementos gestuales que parecen pinturas rupestres del futuro.

“La fractura del reflejo” es un ejercicio de desapego a la obra misma pero que deja una huella tangible que aceleró el tiempo generando un memoria gráfica y pictórica tatuada sobre la superficie del concreto.

Abraham González Pacheco