Maleza sin pies ni cabeza

SOL PIPKIN







Baile de libélula
Mauricio Marcin


“Las paredes se mueven, cambian, vibran” escribió Sol Pipkin en uno de los primeros intercambios que sostuvimos con motivo de su entonces futura exposición en México en Machete.

Me es imposible no releerlas ahora como un presagio de los movimientos telúricos, palpables entre pánico, que produciría el sismo que nos tiene a todos, aún, descolocados.


Pausa.

Pienso en los edificios durante el momento del temblor y pienso en las obras de Sol Pipkin, diminutas, discretas, mesuradas. En la energía que puede desatar la tierra mientras se abrazan las placas tectónicas (¿las placas tectónicas juegan al amor?), en la enorme cantidad de materia que se ha requerido para llevar a la civilización a este escenario.

Durante milenios, casi toda la energía que los homo sapiens usamos resultó de procesos fotosintéticos; nuestros combustibles fueron las plantas que comíamos, directamente o a través de otros animales, algunas biomasas como los árboles, o ciertos usos del agua y del aire, como los molinos y las velas. Hoy, casi toda nuestra energía –la que sostiene nuestras revoluciones de Facebook y nuestras comunidades por Twitter– proviene de combustibles fósiles que extirpamos de la tierra como mosquitos proletarios. Quizás la lenta catástrofe que nos ha tocado presenciar, de la cual somos copartícipes, se originó con la invención del motor de rotación continua que funcionaba con carbón, o quizás con la invención del lenguaje o el fuego. En cualquier caso, decidimos, por sobre la animalidad, imbuirnos en un desmesurado proceso civilizatorio. El homo sapiens siempre deseo, o necesitó, diferenciarse del ser animal para convertirse en ser pensante, erecto, exquisito. Pero, claro, este es solo un juicio. Otro, igualmente valido, podría enunciar que en el universo ningún átomo, ninguna pequeñísima partícula de energía ha cometido nunca un error, no hay juicio, nada sucedió equivocadamente. Aquí estamos, ahora, viendo volar nuestros pensamientos mientras sobrecalentamos al planeta.

Breve pausa.

Volvamos al sobrecalentamiento. El temblor nos ha producido miedo, los videos de los derrumbes nos han erizado la piel. Nos cuesta conciliar el sueño y sentirnos seguros. La década ha dejado miles de muertos. El miedo nos sorprende todos los días por medio de los noticieros. Llega hasta nosotros como influenza o gripe aviar, nos sacude como institución corrupta o indígena muerta de hambre, como descabezados, feminicidios, tormentas tropicales y chupacabras. Más que en ninguna otra forma, el miedo nos llega como imágenes y mensajes por medio de las redes sociales y como producto de las nuevas tecnologías culturales. Alguien murió. Algo explotó. Alguien mató a alguien. Alguien desapareció. Alguien podría morir. Miedo.

Para calmar el miedo comemos, cogemos, ocasionalmente votamos, salimos de compras. Nos drogamos. Resonamos miedo y reforzamos los patrones de una sociedad apanicada. ¿Qué más podemos hacer?

Se me ocurre que no hay respuesta, y se me ocurre también que podemos cortar las cadenas de resonancia del miedo y respirar. Cortar la decodificación inmediata y meditar en que nada va a salvarnos, porque no es posible una poesía salvadora. Podemos inhalar, sostener el aliento y exhalar con calma. Si relajamos los músculos y distendemos el cuerpo el miedo comienza a disiparse. Nuestras obras se derriten, las piedras mutan, las nubes flotan, y nosotros respiramos. Aprendemos a morir en el Antropoceno.

Quizás al aceptar nuestra decadencia y nuestra fragilidad inauguremos un nuevo mundo. Sabemos que vamos a morir, claro, pero, ¿es nuestra vida una acción consciente de ello? ¿Cada dedo que movemos está encaminado a morir mejor? Aprender a vivir sin miedo puede fundar una posibilidad de morir sin miedo. El arte, lo que sea que ello sea hoy, posiblemente sirva para ello, para construir un territorio en calma, un momento de paz.

Última pausa.

Durante la residencia en el Museo Experimental el Eco que desembocó en la muestra en Machete, Sol Pipkin vagó por los mercados de la ciudad, por sus tiendas de abarrotes y mercerías, convirtiéndose en una especie de nómada recolectora. Se dejó maravillar por pequeños cuerpos que los habitantes de esta ciudad hemos incorporado a nuestra cotidianeidad y los apropió a sus procesos creativos.

Sus obras constituyen leves transformaciones a otras obras humanas: un cuadrado de tela blanca que alguien anónimo tejió, fue descosida pacientemente por Pipkin en sus cuatro costados y teñida con materias naturales para convertirla en una "pintura". O una hoja de plátano, comúnmente usada para envolver tamales, fue cosida a modo de cilindro para convertirla en una "escultura" que el clima irá desecando, achicharrando. Estas esculturas asumen –a diferencia del statu quo del objeto artístico que pretendidamente se presenta como inmutable, perenne– su cualidad cambiante: nos recuerdan que nunca nos bañaremos dos veces en el mismo río.

Otras obras se constituyen a partir de hojas de papel periódico que Sol humedece, aplasta y reconfigura. El periódico pierde entonces su cualidad informática y deviene en objetos que oscilan entre lo pictórico y lo escultórico, sutilmente intervenidos con temperas brillantes sobre la rugosidad del papel.

Recuerdo ahora sus palabras: "Hacer a la medida de las posibilidades nunca me fue tan reconfortante". Sin comisionar labores a nadie más, sin encargar trabajo a nadie, su quehacer se centra en sus propios medios. Queda ella en el espacio y lo que sus manos confeccionan, postulando una ecología emocional y física que se sacia.

Las obras de Pipkin (y aquí hay una voz, querida lectora, lector, sólo una voz subjetiva) emiten delicadeza. Si Sol ha convenido hacer obras frágiles, finas y suaves se debe a la decisión de alinear su sensibilidad con esas características, las cuales abrevan de principios adscritos a la madre tierra, como la fertilidad y el poder de sanación.

Encuentro en su labor un deseo de vinculación con la materia que ofrece la prodigiosa Tierra, y un cuidado cabal de ella. En cada minucioso detalle de su producción hay una conciencia que interactúa a través de invisibles conexiones energéticas con la masa del mundo y con sus ciclos. Sus obras son una suerte de dispositivos que permiten la escucha, de nosotros y de cuanto nos conforma. Su poder reside en la capacidad para convocar nuestra intuición, aquella que no pasa por signos codificados, aquella que no se basta en las palabras.

Parece, reitero, que la práctica de Sol gravita en torno a la recepción, en aguzar su capacidad de escucha del mundo y de los seres que lo pueblan. Bajo ese estado, todos los objetos y todos los fenómenos ofrecen un mensaje, se convierten en maestros que amplían el entendimiento intuitivo. Las aprehensiones, que exceden el juicio intelectual, nos ofrecen formas perceptivas que procesan la experiencia desde los nueve sentidos cognitivos del cuerpo.

Sol insinúa que ser humanos puede reconciliarse con ser animales, o plantas; sus obras nos incitan a cavilar cómo plátano, sentir cómo piedra, bailar como libélulas, a incorporar en nuestras existencias las diversas formas de habitar de los seres y sonscientes con ellos.

Para acercarnos a su obra conviene eliminar, en la medida posible de cada quien, la distancia entre los cuerpos. Los petates son una invitación a sentarse, a recostarse. Las obras proponen ser palpadas. El espacio sugiere ser transitado, dejarnos envolver por sus oscilaciones y abrirnos a la escucha.